Sábado 21 febrero 2009
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Esta es una historia
que ocurrió hace unos cuantos años atrás, no muchos tampoco, yo
asistía al jardín
infantil. Recuerdo que todas las mañanas alrededor de la 7: 30 a.m. me pasaba a buscar el señor García - como le decía mi abuela - para llevarme al colegio. Él era un tipo con estampa de militar
retirado; frío, mandón y distante, que sólo se limitaba a esperar que me subiera al minibús, trasladarme y entregarme en el lugar de destino, osea, el establecimiento educacional. Tal cual, así
como si distribuyera una encomienda exprés. El auto era un furgón de esos clásicos que llevan niños al colegio pero la diferencia estaba en que este era de un tono amarillo verdoso, medio
nauseabundo para una niñita de cuatro años, pero en realidad más nauseabundo me parecía ir a clases - las odiaba-. Día tras día lo mismo. Pero esa insoportable rutina se rompía en esos días
astrológicamente bien alineados en que coincidía la mañana libre de mi mamá - no tenía que asistir a la universidad- con alguna enfermedad, trámite y/o chiva* de García. Esos días eran
inolvidablemente mágicos.
En esos días inolvidablemente mágicos, partíamos con mi mamá, de la mano, rumbo al colegio. Si bien es cierto nunca hablábamos mucho, es que siempre fue una relación media distante, en esos días
todo se tornaba más cálido. Yo me sentía feliz, nerviosamente feliz. Caminábamos un poco y hacíamos nuestra primera parada en la plaza. Ahí había una laguna artificial con unos patos traídos
quien sabe desde donde y, les poníamos nombres a las aves, nos imaginábamos sus parentesco - esa es la mamá y esa la hijita y ese, ese de allá es el papá - El caso es que siempre había una
de menos o una de más, a quien inventarle un nombre o una tragedia en caso de que hubiese desaparecido y, así pasábamos hablando un rato de la vida familiar patuna. La guinda de la torta y que
bien calza este dicho para lo que voy a relatar, la ponía nuestra última parada. La pastelería.
Ya en la pastelería frente a tanto pastel mi felicidad era completa - ESA ERA LA MATERIALIZACIÓN DEL DÍA PERFECTO - ya dentro del local yo tenía la difícil misión de elegir, elegir el pastel que
yo estimara conveniente. Pero ante tanto color, sabor y forma, me turbaba. Miraba atentamente los pasteles uno a uno, por unos cuantos minutos. Hasta que por fin lo elegía. Las vendedoras no
siempre reaccionaban igual ante mi indecisión, habían algunas que me miraban con ternura, mientras me relataban los ingredientes de cada pastel, otras en cambio me miraban con odio, como para que
yo me asustara y escogiera rápido. En realidad yo me tomaba mi tiempo, sin importar quien me tocara como vendedora en esa ocasión, es que en ese mágico día nada o nadie era capaz de aguar mi
felicidad.
Ese día sin embargo una nube pareció ensombrecer aquel fantástico día. Para empezar esa fría mañana llegué y había una tía nueva - la tía de mi curso se había enfermado - y nos habían juntado con
los niños de otra clase paralela a la de nosotros. De entrada, la nueva tía me cayó mal, si la primera "cabeza de pescao"* que se le vino a la mente fue que todos teníamos que cambiarnos de
asientos, eso para una niñita algo tímida, como lo era yo, era una verdadera tortura. Para colmo a la hora de colación se le ocurrió que ese día sería un día para compartir. Si todavía
resuena en mis tímpanos la palabrita, hoy es el día de COM- PARR- TIIIRRR. Sacó un canasto a lo "Carmela de San Rosendo" y, nos obligó a depositar nuestras colaciones en el. Aún recuerdo mis
manitos chiquititas y temblorosas dejando su dulce trofeo en aquel viejo y sucio canasto. Luego la mujercita empezó a dar órdenes. Ahora van a sacar una colación, si es la de ustedes la devuelven
y sacan otra. Eso hizo que se me alumbrara el foco. SACARÍA MI COLACIÓN Y NO LA DEVOLVERÍA. Total nadie sabía lo que yo había llevado.
Nos sentaron en el suelo haciendo un círculo. Cada vez que la profesora bajaba el canasto para que un compañero extrajera su circunstancial colación. Yo clavaba los ojos en mi pastel. Observaba
cada movimiento del compañero participante y, mientras introducía su mano en el canasto, yo rogaba que no sacara mi delicia. La tragedia fue a ocurrir justo dos niños antes. Era un pendejo de
crespitos dorados que metió la mano al seboso cesto. Si todavía veo sus larguiruchas y chicas manos tomando mi maná, pero yo, yo no lo quería creer. No podía ser, era imposible, como tanta
injusticia divina. Hasta que el hostil ricitos de oro empezó a gritar, tía es un pastilito*, ES UN PASTILITOOO, ¡¡¡QUE RICOOO!!!, ES UN PAS-TI-LI-TOOO, mientras saltaba como resorte, el cabro
weón*. En ese minuto asumí la cruel realidad, sentí como mi infantil corazoncito se destrozaba, si hasta oí el sonido de cristales rotos dentro de mí. Fue ahí que experimenté por primera vez el
rigor de la iniquidad celestial. Fue justo en ese minuto que llegó mi turno para sacar mi tentempié, ya desilusionada y derrotada, metí la mano, le hice el quite a unas fomes manzanas y tomé algo
que estuviera con servilleta, por si por un milagro del Señor fuera otro pastel. Lo saqué era algo envuelto como con cien servilletas, empecé a desenvolver. Y era...no lo podía creer, mejor dicho
eran, eran unos mugrosos gajos de naranja que lleve a mi boca casi sin pensar. Al probarlo más que naranja, parecía limón. ¡¡¡AMARRRGA LA WEÁAA*!!! Y mientras me la comía, lloraba de la
impotencia que me causaba la situación. El no poder mandar a la misma cresta, a la vil profesora y, de paso quitarle mi ambrosía a aquel infante ladrón.
Desde ese minuto cuando me hablan de compartir, no sé porqué me invade una sensación de angustia y pérdida. Es como si algo rico me fueran a quitar y en su lugar algo amargo fuese a aparecer.
Claro que me imagino que, la lección de compartir, para ricitos de oro debe ser la contraria. Que bonito es compartir, siempre que se comparte se gana y, se gana algo mejor de lo que uno
tiene - con lo feliz que estaba el pendejo, lo más probable es que fueran de él, esos mugrientos gajos.
En todo caso les tengo que confesar que, en ocasiones, sospecho que el día de COM- PARRR- TIRRR, fue un complot entre la tía y el niño de ensotijada cabellera, para quitarme mi pastelito y así
estropear mi día inolvidablemente mágico.
*Chiva= Falacia, mentira, engaño, patraña
*Cabeza de pescao= Cabeza de pescado, necedad, tontería, sandez
*Pastilito= Pastelito
*Weón= Huevón, retardado, tonto, pesado
*Weáaa= Huevada, cochinada, porquería, inmundicia
Por JUANA MÚSICA
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Publicado en: CLAVE EN SOL MENOR
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